La conquista de la democracia.

La conquista de la democracia.

Posted by CNT Fernán Nuñez on Mar, 05/02/2008 - 00:30

Parece ser que la democracia (Demokratía) la “inventaron” los atenienses, llamando de tal manera a un nuevo sistema político donde los ciudadanos, en la asamblea (ecclesia) pública, decidían algunas cosas relacionadas con la vida social de la Polis, en contraposición al sistema político oligárquico o aristocracia donde una clan, familia o grupo, tiene el poder y decide por toda la colectividad , sin que la ciudadanía participe para nada en esa toma de decisiones sobre aquellos aspectos que afectan a la comunidad. Etimológicamente democracia viene a significar que el poder “de decisión” lo tiene el pueblo, los ciudadanos de la Polis, y no una minoría aristocrática.

Hay que reconocer el mérito a los atenienses, sin olvidar las circunstancias históricas y sociales en las que aparece la democracia; pero analizando las condiciones de esa democracia veremos que más que inventar la democracia, lo que hicieron es iniciar el camino de la lucha por la democracia. En la democracia griega había asambleas públicas para decidir algunas cosas pero no otras, instituciones de decisión donde convivían las nuevas estructuras electivas (y a veces por sorteo) con las viejas estructuras tribales y aristocráticas, y lo más importante, la condición de ciudadano (sujeto con derechos políticos), imprescindible para poder participar en dichas asambleas o poder ocupar algún cargo de responsabilidad política sólo la poseían una minoría, el resto, la gran mayoría de hombres, todas las mujeres, los esclavos, y los extranjeros, no tenía ningún acceso a ningún ámbito de decisión. Democracia significa el poder del pueblo, pero si ese pueblo apenas existe porque casi el 90 % no se considera pueblo (no se consideran ciudadanos), ¿hasta dónde llega a ser eso una democracia?

Podemos decir que los griegos inventaron la democracia pero más como teoría política que como realidad social, y aunque hay que reconocer que por aquellas fechas sería considerado como mucho, lo que consiguieron es que una parte minoritaria del pueblo, la ciudadanía, pudiera ejercer cierto control sobre la oligarquía-aristocracia a la hora de tomar algunas decisiones relacionadas con la organización económica, la colonización, conflictos sociales y jurídicos, conflictos con otras polis o pueblos, etc. Iniciaron pues el camino de la lucha por la democracia, camino largo y que llega hasta nuestros días.

A lo largo de la historia, el término democracia además de su significación política que implica la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones; se ha ido cargando con otro elementos que también definen a una sociedad democrática. Así, conceptos como dignidad, derechos humanos, libertad, igualdad, justicia social, solidaridad... se asocian al concepto moderno de democracia.

Olvidándonos un poco de la historia y centrándonos en la realidad social y política más cercana, la de los países llamados “democráticos”, con mayor o menor desarrollo; podemos realizar un análisis de esa realidad y preguntarnos hasta dónde ha llegado ese camino de la democracia iniciado por lo atenienses, y aunque nadie va a dudar de los avances realizados vemos que esa escisión que existía en Atenas entre la teoría democrática y la práctica democrática sigue abierta y que por lo tanto la idea que se quiere extender de que vivimos en el fin de la historia, en la democracia (paraíso) donde el pueblo (ciudadanos) ejerce el poder es falsa; y que se debe seguir avanzando en ese camino hacia la democracia; porque no se ha avanzado tanto como nos quieren hacer creer, porque si en Atenas eran un puñado de personas las que decidían por todas, aquí no deja de ser de otra manera, una minoría muy pequeña decide por todos, toma las decisiones importantes que afectan a todos.

Llaman democracia a una sociedad donde es cierto que los ciudadanos eligen a unos representantes que deciden por ellos, donde es cierto que el concepto de ciudadano llega a casi toda la población “mayor de edad”, donde es cierto que no hay “esclavos”, y donde es cierto que la libertad, la igualdad, la solidaridad y la justicia se sitúan como valores supremos en las constituciones y leyes que consagran esa realidad llamada democrática.

Pero también es cierto que vivimos en una sociedad donde una minoría, la “aristocracia” política, decide por todos (a veces hasta de manera autoritaria) pues los ciudadanos una vez que han votado, una vez que han depositado su voto en la urna, no tienen nada que decir y su capacidad y ámbitos de decisión son nulos; pues sus representantes, es decir, diputados, gobierno, concejales, alcaldes, etc. deciden por ellos en los diferentes ámbitos (local, provincial, regional, nacional), y con diferentes competencias; pero claro, sin contar para nada con ellos; su ciudadanía sólo se ejerce cada cuatro años y durante apenas unos segundos. Los programas electorales se llenan con promesas de participación ciudadana y se desarrollan algunas “instituciones” a las que llaman de participación ciudadana, pero todo ello no es más que un “simulador” de democracia, pues sólo tienen capacidad consultiva-informativa y las decisiones importantes no pasan precisamente por allí. También es cierto que vivimos en una sociedad donde el poder político generalmente se pone al servicio de los intereses económicos de una minoría oligárquica que es la que realmente controla y ejerce el poder, me refiero a los grupos de presión de determinados sectores industriales y financieros, grupos dominantes en la sociedad y que condicionan las decisiones políticas. También es cierto que vivimos en una sociedad donde hay grandes desigualdades económicas pues mientras algunos disponen de muchos recursos otros apenas cuentan con los medios necesarios para poder vivir dignamente, y otros muchos “malviven” como pueden, “instalados” en una precariedad permanente. En nuestra sociedad “democrática” el fenómeno de la exclusión social es una realidad para grandes bolsas de población que se ven privadas de los mínimos recursos y derechos. Y también es cierto que la libertad no deja de ser un espejismo pues el control ideológico y de las formas de vida que se ejerce por un lado desde el poder político (educación, cultura,...) y por otro desde los medios de comunicación, por parte de esos grupos dominantes, es tal que el ámbito de la libertad como capacidad de razonar uno por sí mismo, gobernarse uno a sí mismo, queda reducido, teniendo que hablar de una desfiguración de la libertad o de una libertad muy condicionada. ¿Hasta qué punto somos libres?

¿Vivimos en una sociedad democrática?

Que cada cual juzgue, yo diría que vivimos en una sociedad que camina hacia la democracia desde hace unos cientos de años, pero no en una sociedad democrática.

De necios sería no reconocer los “avances y progresos” en el camino hacia la democracia desde que los atenienses, hace unos 2.500 años, inventaron la democracia como “proyecto de vida social”, pero también de necios es no reconocer que en ese camino hacia la democracia queda mucho por andar, y que por lo tanto, la lucha por la democracia debe seguir adelante. Vivimos en una sociedad democrática, pero sólo “formalmente” democrática, es decir, en apariencias, en “esquema”, pero por su contenido, más que de democracia podríamos hablar de “Aristocracia”, o si lo prefieren de Timocracia, tanto en su sentido etimológico (los ricos ejercen el poder aunque para ello, a veces, se sirven de algunos “pobres”), como en un sentido más “vulgar” (un timo de democracia). Como consecuencia del control cultural ejercido sobre el pueblo, hemos interiorizado la idea de que orden significa jerarquía, es decir, orden jerárquico, donde unos mandan y otros obedecen, donde unos humanos dominan a otros; pero no deberíamos olvidar que la democracia, por definición, debe significar no un orden jerárquico sino un orden cooperativo, donde el pueblo en cooperación – comunidad decide.

Hay que acelerar la marcha en el camino hacia la democracia, desarrollar el principal valor que la define, el valor de la participación política de todos los ciudadanos y de forma directa en la toma de decisiones en aquellos aspectos que afectan a todos: producción, distribución, desarrollo tecnológico, medios de comunicación, educación, sanidad, etc. Exigir y luchar para que valores como la igualdad económica, la justicia social, la libertad individual armonizada con los derechos y la dignidad de los demás, vida digna para todos, etc., valores que también definen y se asocian a la democracia, comiencen a ser una realidad, y no sólo conceptos vacíos que se escriben en las leyes que sirven para disfrazar una realidad muy alejada de la verdadera democracia; sabiendo que todo eso no va a caer del cielo, que los grupos dominantes en la sociedad no van a facilitar nada el camino hacia la democracia y que ésta, como otras tantas cosas, tendrá que ser una “conquista” del pueblo, de los ciudadanos.

Bartolomé Miranda Jurado